lunes, 2 de marzo de 2009

María

María tiene 10 años. Es la menor de mis hijos, la única de mi segundo matrimonio y se lleva 12 años con su hermano 'más cercano' en edad.

En sus 10 años de vida ya ha pasado por un par de momentos duros y tristes, el principal de todos la separación de sus padres. Pero además, en este curso la he tenido que cambiar de colegio. Lo ha pasado francamente mal. Peor cuando pensaba en lo que iba a ocurrir que cuando por fin ocurrió, y como casi siempre, comprobó que al final no era tan grave.

Aún así, y después de casi 6 meses, todavía no se ha adaptado del todo. Muchos días, como esta mañana por ejemplo, llora al pensar que tiene que ir al colegio, y no es capricho, llora de tristeza.

Pero esta mañana creo que me he inspirado. A ver qué resultado da.

Primero le he prometido que vamos a hablar de la posibilidad de volverla a cambiar de colegio, a lo mejor este no es el mejor colegio para ella... y además he pensado que así le quito la presión de pensar que es para siempre. Después he llegado al acuerdo con ella de que antes de tomar esa decisión tan drástica, vamos a intentar, o más bien va a intentar, todas las mañanas al levantarse, pensar en tres cosas buenas que le van a ocurrir durante el día, y sólo pensar en eso. Pueden ser cosas muy sencillas como 'voy a charlar con mi amiga Marina', o 'viene mamá a recogerme al cole', o más complejas como 'la profe me va a felicitar por lo bien que he hecho el trabajo'.

Se me ocurre que si sólo se concentra en las cosas buenas que le van a pasar, casi con seguridad las malas que se imagina ni siquiera lleguen a ocurrir.

Es un buen ejercicio para nosotros los adultos también. Porque la imaginación casi siempre va más allá de la realidad y podríamos evitarnos muchos momentos angustiosos pensando en cosas que muchas veces ni siquiera se llegan a producir.